Artigos de OpiniãoCubaPaulo Da Silva

A mis camaradas cubanos: lo que aprendí con ustedes

"De un comunista portugués que descubrió, en Cuba, que la revolución se teje con hilos de ron, baile y fraternidad."

Ahorros y espera: el camino hacia Cuba

Durante meses, empiezo a llenar una pequeña lata con monedas, una alcancía. Parece un gesto pequeño, casi infantil. Pero es el primer acto de un ritual que se repite desde hace años: reunir, centavo a centavo, la posibilidad de volver a Cuba. No voy como turista, ni como observador. Voy como quien vuelve a casa, a una casa que no es mía por sangre, sino por elección.

La partida: amigos, candados olvidados y abrazos apretados

Antes de partir siempre hay un ritual, una cena con amigos en el restaurante de mi familia. ¿El menú? Comida cubana, cerramos las puertas y nos quedamos hasta la madrugada, riendo, bebiendo ron y cantando «Hasta siempre». Al día siguiente…, el camino al aeropuerto, Sofía, mi compañera de lucha, me lleva al aeropuerto. Por el camino siempre se me olvida algún candado. Sofía sale corriendo y vuelve con uno. Es el amor y la camaradería en los detalles. Un beso y un abrazo de amor de una mujer de armas… una foto con la frase: «Ya que me mandan a Cuba, aquí voy». Otro fuerte abrazo y un beso… Y luego, la puerta de salidas. Solo, pero nunca realmente solo, todavía siento el calor de su abrazo y el sabor de sus labios.

El amigo y camarada palestino en Madrid, el taxista en La Habana

Madrid, en casa de mi amigo palestino. Nos conocimos un día en un congreso por Cuba. Una cama… comida, charlas durante la noche hasta la hora de salir, otro abrazo fraterno y de amistad en la despedida. Es la solidaridad transnacional en acción: dos luchadores contra el mismo imperialismo, compartiendo lo poco que tienen.

En La Habana, un taxista, un viejo conocido me espera. Pasamos siempre por la Plaza de la Revolución. Reconozco cada esquina. El corazón se acelera.

La llegada: 54 escaleras y un “Mi niño, por fin llegaste”

Ofelia, mi madre cubana, me espera en la puerta. Un abrazo que lo dice todo. “Mi niño, por fin llegaste”. Después, las 54 escaleras —un segundo piso que parece un cuarto piso. Subo con las maletas, empiezo a sudar, el calor cubano empieza a hacer de las suyas, pero subo las escaleras riendo. En casa, otro abrazo, el reencuentro con mi madre cubana, finalmente sin más añoranza, estamos juntos. Firmo los papeles de la casa de renta oficial. Es burocrático, pero también es un contrato de afecto. De un tirón, me baño, me cambio de ropa y salgo disparado a la calle. La Habana huele a mar, a diésel, a resistencia.

Ritmos del día: desde el café de Eça de Queiróz hasta el Pabellón Cuba

No hago planes. Camino por La Habana. Me paro en el café donde Eça de Queiróz fue cliente en sus tiempos de Cónsul en La Habana. Tomo café. Una pareja: él toca el piano y ella canta, entre tanto se sientan a mi lado… ya nos conocemos desde hace años. Termino mi café y salgo, compro cigarrillos al viejo hermano.

El domingo, en el Pabellón Cuba: siempre hay conciertos gratuitos, artesanos, camaradas jubilados bailando hasta la madrugada. Una señora de 78 años, fundadora de la rueda de casino, me saca a bailar. Yo, con “dos pies izquierdos”, me río con ella. La vida, en Cuba, no se detiene a los 40, ni a los 80. Los camaradas João e Irene que cuentan nuestra epopeya de bailarines.

Economía moral: pizzas, ron y una botella de Havana Club 7 años

En el festival “Granma, Rebelde”, el Camarada y Amigo “Paquito, el de Cuba” quiso atiborrarme de pizzas. Debió pensar, como Sofía, que estoy “hecho polvo”“es lo que tiene ser fuerte y duro como un peral”. Al final, alguien aparece con una botella de Havana Club 7 años y la comparte, simplemente. Son gestos que no caben en la lógica capitalista. Aquí, la escasez no ha matado la generosidad —la ha profundizado. Aprendí que la revolución también se mide en esto: en la capacidad de transformar la carencia en compartir.

Y fue ese mismo Camarada “Paquito, El de Cuba” quien me sorprendió con una invitación: participar en un encuentro de corresponsales de guerra cubanos que actuaron en Angola. En una sala llena de combatientes de la palabra y la imagen, me anunciaron por mi nombre y conducido a la mesa principal. Allí, frente a quienes vivieron la guerra con una cámara o un cuaderno, hablé sobre la presencia portuguesa en Angola —no como historiador distante, sino como hijo de un soldado portugués que también pisó aquel suelo en tiempos de conflicto. Hablé de memorias pesadas, de historias que duelen, pero que deben ser contadas en voz alta para que nunca se repitan.

Días después, Paquito llamó a mi puerta en La Habana. «Vamos al cementerio», me dijo. Fuimos a rendir homenaje a Juan Bacallao, el periodista cubano caído en Angola, y con él a todos los compañeros periodistas fallecidos. En aquel cálido silencio del cementerio de Colón, entre lápidas sencillas y banderas cubanas, comprendí que la solidaridad también se construye a partir de la memoria colectiva: honrar a los muertos de una revolución que no es la nuestra por nacimiento, pero que es nuestra por elección.

Conversaciones que son trincheras

Por la noche, en el Malecón, me encuentro con el vendedor de cervezas y su familia. Conversamos hasta el amanecer. Hablamos de todo: del bloqueo, de Rusia, de la SMO, del último concierto en Cuba. La política no es un tema aparte, es el aire que se respira. Discutimos, discrepamos, reímos. «Lo pasamos bien», decimos. Y es cierto: la alegría es un arma de resistencia..

El bloqueo en la piel: una semana comiendo pollo, humanismo

No hay romanticismos. El bloqueo duele. Ya pasé una semana comiendo solo pollo o pizzas cubanas, que no son iguales a las del mundo capitalista.

Mi madre cubana cuidó de su propia madre hasta el final de su vida. Mientras tanto, en Occidente, los ancianos son depositados en asilos como si fueran basura humana.

Cuba me enseñó eso, los valores: la humanidad y la sabiduría como valor revolucionario

El momento más difícil: la despedida

Regresar a Lisboa es una herida. En Cuba, la lucha es clara, los compañeros están al lado. Aquí, la soledad política a veces es más dura que el calor de La Habana. Pero regreso diferente. Regreso con la sabiduría de Paquito, la energía de la bailarina de 78 años, la botella de ron compartida. Regreso con energía renovada para la lucha, porque eso es lo que aprendí del pueblo cubano.

El reencuentro y el recomienzo

Está la imagen que guardo en la memoria: un sombrero cubano sobre mi cabeza, brazos que se entrelazan, sonrisas que no caben en el encuadre. En Madrid, reencuentro al camarada palestino —dos ríos de lucha que se encuentran en un aeropuerto. En Lisboa, el abrazo de Sofía no borra la nostalgia, pero afirma el regreso.

Y al día siguiente, la Fiesta del Avante.
Cuento las historias que aprendí en el Malecón. Cuento historias con los vendedores de cerveza, la bailarina de 78 años, los periodistas que honraron a los caídos en Angola. Comparto el fuego que Cuba me entregó, no como una antorcha solitaria, sino como brasas para encender otras hogueras.

Porque Cuba no es un destino, es un reactor.
Cuba recarga mis baterías para todo un año de lucha. Y es ese regalo —hecho de amor, resistencia, ron, pizzas, abrazos que hablan de revolución— que solo el pueblo cubano podría darme.

Los llevo en mi corazón.
Y vuelvo a la lucha, con el sonido del mar rompiendo en el Malecón y Cuba en mi corazón.

Cuba no es un lugar, es un compromiso

Cuba me dio una familia. Me hizo consciente de que ser comunista desde el sofá es fácil; lo difícil es defender una revolución sometida a un bloqueo desde hace 62 años. Me enseñó el verdadero significado de la lealtad. Y, sobre todo, me dio la certeza de que, al final de la vida, lo que nos llevamos son los recuerdos, la lucha y el amor por el prójimo.

Por eso, este artículo es una carta de agradecimiento.
A mis camaradas y familia cubana, desde el vendedor de cervezas del Malecón hasta el director de Cuba Debate, desde Ofelia hasta Paquito, gracias por hacerme sentir uno de ustedes.

Patria o muerte, venceremos!

Un militante portugués con el corazón dividido entre dos trincheras.
Por la soberanía de Cuba. Por el fin del bloqueo. Por la humanidad que resiste.

"Para quem está cansado da narrativa única." 🕵️‍♂️

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