Entre el Aceite de Oliva de la Abuela y el Acero de Cuba
«A un lado del Atlántico, el aceite de oliva de la memoria, heredado de las manos de mi abuela. Al otro, el acero inquebrantable de una isla que resiste. En medio, mi pecho: trinchera de añoranzas, frontera de sueños. En este día en que completo otra vuelta al sol, descubro que mi cumpleaños no es un punto de partida, sino una encrucijada. Donde la lucha de mis padres se encuentra con la resistencia de Cuba y la valentía de Venezuela. Donde el tatuaje en el brazo no es un adorno, es un juramento. Estas palabras son el puente que construí para no ahogarme en la distancia»

14 de enero de 2026 — Aniversario en la Trinchera de las Nostalgias
Hoy, en el mapa de mis años, trazo con sangre de memoria el nombre de dos tierras que son una sola lucha. Pienso en ustedes, isla heroica, pueblo de acero y canción, mientras la sombra del 3 de enero se cierne sobre Venezuela como un secuestro a plena luz del día. Maduro y Cilia, dos árboles arrancados por la tormenta impune. Los llevo en mi mente, camaradas, como se llevan estrellas en el bolsillo en una noche sin luna.
Aquí, a este lado del Atlántico, el mundo se pudre entre sonrisas de plástico. Pero hay quienes no se doblegan. Somos de un metal que viene de la forja de la historia, discípulos de la tenacidad que no pide permiso, hierro fundido en las convicciones, templado en el fuego de la resistencia.
Cuidado con los traidores de piel suave y palabras dulces. Se infiltran como el moho en el pan fresco, venden recetas de rendición en vasos de leche y pastelitos de izquierda. Yo, sin embargo, no soy de lácteos ni de pasteles. Soy de pan seco y verdades ásperas, saladas con el sudor de la lucha.
¡Oh, Cuba! Isla revolucionaria, corazón asediado pero no silenciado. Bloquean tu nombre, pero no tu voz. Trump y Rubio son vientos pasajeros; tú eres la roca que romperá las olas. Hoy quisiera cortar el pastel contigo, familia cubana, mezclar el aceite de mi pueblo con el ron de tu resistencia. Mi abuela desmenuzaba papas con un tenedor y amor antiguo: era un ritual de supervivencia.
Aprendí contigo que la familia no es solo sangre: es una trinchera compartida.
Cuba y Portugal: dos puntos distantes en el mismo mapa de la colonización. Uno ya liberado; el otro, aún rehén de fantasmas con olor a clavo y tortura. Pero el mismo hilo nos une: la fibra del pueblo que no olvida, el músculo de la rebelión que no se cansa.
Te tengo tatuada en el brazo, Cuba. Me rasgué la piel para dejar entrar tu bandera, fue un juramento silencioso, un pacto de hermandad que atraviesa océanos. Lucho aquí, con las armas que tengo: la palabra como machete, la verdad como honda contra los gigantes de la mentira.
Y Venezuela, río caudaloso en mis días… ¿Cómo dividirme entre dos amores? ¿Entre el deseo de estar en las calles de Caracas y el llamado de la Sierra Maestra dentro de mi pecho? Un camarada me susurró: «Quédate ahí. Tu país es la vanguardia y la conciencia del mundo». Así lucho: denunciando bloqueos, desmontando narrativas, sembrando Cuba en cada oído que cree conocerte.
Pienso en mis viejos comunistas, mi papá, mi mamá, caminando en la oscuridad de la dictadura con una pequeña linterna de utopía en la mano. Pienso en mi compañera, una mujer a la que el movimiento 26 de Julio habría recibido con los brazos abiertos, porque su revolución nació de la lucha, no de la cuna.
Hay días en los que miro al abismo y siento el peso de «estamos perdidos». Pero entonces levanto la vista y veo dos faros encendidos en el Caribe: Cuba y Venezuela, firmes como piedras angulares de un mundo nuevo. Y murmuro, con hermosa envidia y nostalgia revolucionaria: ¡Envíenme un puñado de ese fuego, camaradas! Este lado del océano también tiene leña seca para quemar.
Hoy es mi cumpleaños. Pero no solo renazco yo: renace la promesa heredada, el compromiso de no bajar nunca los brazos, la certeza de que, mientras haya uno de nosotros en pie, la lucha sigue viva.
¡Patria o muerte! ¡Venceremos!


